12 HORAS DE AUTOSTOP. OBJETIVO CUMPLIDO
Como ya dije en otras ocasiones, cuando llegué al Cuartel de la Reserva General, en Salamanca, tuve la gran suerte de conocer a un muchacho, de Barcelona, que era cabo furrier en la compañía de Zapadores en la que yo estaba destinado. Este era el contacto que yo tenía en el cuartel para todas las necesidades que me pudieran surgir; el que me mantenía informado de lo bueno y de lo malo que se me podía presentar en el cuartel. Este era el contacto que me avisaba, cada día, de los cursos de estudio que llegaban como oferta de estudios para los reclutas; como ocurriera cuando el tema de la CTNE.
El mes de diciembre había ido pasando día a día, sin prisas pero sin pausa; la monotonía reinaba en el ambiente, como siempre, en el sentido de que todos los días teníamos la misma actividad, como decimos en Fonta, todos los días la misma canción. Por la noche retreta, la trompeta tocaba “a Retreta”: ¡tatiiiii tatitotitotiiiiiii! … y los soldados debíamos de preparar la cama y acostarnos. En las compañías sólo quedaban en pie los soldados de guardia, que se turnaban cada hora con otros que iba llegando según la lista. Por la mañana “Toque de Diana” ¡tata tatito titotitotito! tata tatito titotito ti! y todos a levantarse de la cama, a asearse y al desayuno. Pasado el desayuno teníamos una hora de gimnasia en pantalón corto y camiseta,… -con el frío que hacía en Salamanca, casí na. Acababa la gimnasia y teníamos otra hora de instrucción, todos a desfilar y aprender a estar toda la compañía desfilando al toque de corneta ¡tito tiiii tatitotito tito tiiiii tatitoti! Luego, los viernes por la tarde, desfilábamos todas las compañías en presencia del coronel, el señor Murillo Bajón. -A mí se me ponía el pelo de punta cada vez que desfilaba y oía el replicar de los tambores. ¡pan pan parapan, pipa parapipa porrón porrón!
Estábamos a mediados de diciembre. Nos encontrábamos en fechas de navidad. -Día del señor de 22 de diciembre del año 1978. Como diría el NODO de los cines de entonces -La compañía estaba desierta, el que más y el que menos tenía permiso y ya se había largado del cuartel. Esta navidad, los permisos se organizaron bastante bien. Un primer turno de “Navidad”, hasta el día 27 o 28 de diciembre. un segundo turno de “Noche Vieja” hasta el 3 o 4 de enero y un tercer y último turno de “Reyes” hasta el 8 o 9 de enero. El día de marras, llego a la compañía y allí se encontraba mi amigo el cabo furrier, que por cierto, no recuerdo su nombre. -Es que tienes pensado pasar la navidad en el cuartel. Me dijo, a lo que yo le contesté –pues claro, si no tengo donde caerme muerto, con tanta fiesta me he quedado sin blanca. Pilló y me dio mil pesetas (6€) y me dijo –toma mil calas, cuando vengas me las devuelves y sal por esa puerta y ni mires para atrás.
Yo las cogí y me puse en marcha. –Son las 5:30 de la tarde y el tiempo apremia. Me dije. Cogí las mil pesetas, me vestí de bonito (traje de paseo) e hice justo lo que mi amigo me había indicado, dirigirme hacia la puerta y sin mirar atrás, salir del cuartel. Fui toda una acera sin dejarla hasta que crucé Salamanca y me puse a hacer autostop en la salida de la carretera de Madrid. -Menudo plan que tengo por delante.
–Bueno, ahora viene la segunda parte. A ver que es lo que me espera hasta que llegue al pueblo. Me decía a sí mismo. No tardó mucho en cogerme un coche, de cuyo conductor no recuerdo su cara, ni nada, y me llevó hasta Ávila. Me dejó sobre las 12:30 de la noche. Me situé en un Stop que había en la carretera junto a la muralla. Estaba previamente nevando un poquito y la noche no se presentaba de lo mejor. Mi cabeza pensaba -cuánto tiempo me quedará que estar aquí esperando hasta que pase un coche y luego que me quiera llevar. Previniendo de antemano lo que pudiera venir, me puse bien puesto el tres cuartos (el chaquetón militar), me puse bien puesto el tapabocas o braga y la gorra en mi cabeza pillando por encima a la braga. -La verdad es que me encontraba a gusto. Me sentía poco menos que un héroe que en estos momentos estaba desafiando a la noche. Al mismo tiempo me movía de un lado a otro para mantenerme en calor. No tenía miedo y mis expectativas eran el objetivo que me había propuesto: -llegar a Fontanarejo haciendo AutoStop.
Pasadas una hora o así, ya sobre la 1:00 de la madrugada, llega un coche y para en el Stop. Dándome plenamente a ver y mostrando mi tarjeta de militar me dirijo directamente a la ventanilla para hablar con él. –Bueno que haces aquí a estas horas, con lo que está cayendo. Me dijo el conductor de aquel vehículo, antes de que yo hablara. Yo le contesté –voy para Madrid. Soy de un pueblo de Ciudad Real donde voy a pasar la Navidad. El conductor contestó –vale, te subo porque veo que eres un militar. Está bien. Sube. A lo largo del camino me fue contando que era pescadero en Ávila y que viajaba a Madrid a comprar el pescado para esa navidad. –Parece raro, pero es aquí en Madrid donde se vende el mejor pescado y no en las zonas de playa y ello porque los pescadores congelan el pescado en alta mar y lo enviaban directamente a Madrid. Me decía. Yo no sé que le contaría, pero fue un viaje ameno y agradable. Llegamos a Madrid sobre las 3 ó 4 de la madrugada.
Ya en Madrid, me dirijo andando por la M-30, sobre el río manzanares, hasta la Plaza Elíptica, buscando la nacional 401 que unía Madrid con Andalucía. Y de nuevo me pongo a hacer autostop. Me coloco, una vez más, sobre un semáforo. –ponerse en un semáforo o un Stop, es una buena estrategia porque estos son puntos de obligada parada para los vehículos y permiten intercambiar algunas palabras con los conductores. Aquí me recogió otro coche, de cuyo conductor no recuerdo nada, ni su cara. Tampoco la conversación que tuvimos hasta llegar al cruce de manzanares, donde me dejó sobre las 8:00 de la mañana. Me situé cerca de la carretera que va a Ciudad Real, junto al Parador Nacional. No pasaron más de 30 o 40 minutos. Me recogió un coche en cuyo interior iban dos jóvenes que me dejaron, sobre las 10:00 de la mañana en Piedrabuena; -bueno, joven, ya estamos en Piedrabuena, que tengas suerte y si alguien te pregunta no digas que te hemos traído nosotros. Me dijeron antes de separarme de ellos. No sé cual era el motivo para que no dijera nada, pues además ni los conocía.
En Piedrabuena me recogió el técnico electricista que iba a Arroba a reparar. –Bueno, es un coche oficial y no puedo subir a nadie, pero venga, sea lo que Dios quiera. Me dijo antes de invitarme a subir en su coche. De esta forma, sobre las 11 de la mañana ya estaba en el pueblo vecino de Arroba. Acababa de bajarme del coche y me dirigía a la salida de la carretera dirección Fontanarejo y me encontré con Felipe el chato que, en estos momentos, iba para Fontanarejo. Le noté sorprendido de verme a esas horas allí. –Qué haces a estas horas por aquí. Me habló, a lo que le contesté –llevo toda la noche haciendo autostop, desde Salamanca al pueblo.
Media hora más tarde me encontraba en Fontanarejo. Noté a mi madre igualmente sorprendida de verme a estas horas allí. Después de saludar a mi familia y amistades, me eché a dormir en la cama, cosa que aún recuerdo lo feliz que estuve, y dormí hasta por la noche. Este es uno de esos sueños que uno recuerda, que imagino todos tenemos alguno en la memoria. Tres o cuatro horas más tarde me levante, salí a la puerta, miré hacia la Peña Redonda y me dije: - 12 horas de Autostop … objetivo cumplido, estoy en mi pueblo.
Baldomero Arias Muñoz (septiembre de 2011)
